Santiago, 10: Las dos monedas

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Si es por haber, hay dos monedas: una más chica, como la de euro, como la de peso, como otras que he visto y no recuerdo, pero que de seguro existen porque hay un estándar, hay un molde; en fin, una tendencia numismática dominante, opresora, como cuando se dice: «Este otoño, el rojo» y salimos a comprar rojo en poleras, sacos, pulóveres, bufandas, camperas, faldas y accesorios. (La tiranía, etc.) Esa moneda es de cien pesos y dice abajo del escudo de cóndor, cervatillo y coronación en plumas y todo el heterogéneo conjunto a volandas sobre una rama: «100 PESOS». Esta moneda, estimado cornudo, es la que usa su esposa para llamar al fulano y decirle: «A las tres, donde siempre, lleva tú la cerveza que yo tengo a éste siguiéndome a cada paso». Clic. No de las otras, estimado cornudo, de las de antes, porque ésas no caben en los teléfonos públicos (es un aparato de los sesenta, aún queda alguno en esquinas selectas).

Las otras monedas son más grandes, en un veinte por ciento, grosso modo. A la cara (¿cuál es la cara?, nadie lo sabe), a la cara el mismo escudete, sólo que en la rama que era una cinta se lee: «Por la razón, o la fuerza», y el cóndor, y el cervatillo y el manojo de plumas prostibularias. A la ceca (o la cara, no se sabe, como ya dije): «100 PESOS», leyenda enmarcada en dos ramas de olivo cruzadas por el tallo. Ésta que tengo yo aquí, fue acuñada en 1998, es decir, ocho años después de que Pinochet tuviera a bien el plebiscito y ganara el no y saliera de La Moneda a vivir la vida loca y reírse de todos nosotros. «Por la razón o la fuerza», también en el canto, por las dudas. Sí, sí, así como lo oye: diecisiete años de democracia y sigue la monedita dando vueltas. (Falsa opción la de la cinta, si se piensa, porque la Razón la llevaban por defecto los mismos que acuñaban la moneda e inventaron el aforismo.)

Hoy conviven: la moneda de los cornudos y la moneda de la violencia de Estado con derecho a opción. Aunque, diría, el sólo hecho de que la moneda del cornudo exista es señal de que, algún día, la otra, la del lema tremebundo, desaparecerá de la calle… del modo cobarde, es decir, por lo bajini y sin hacer ruido, sin grandes anuncios que ofendan a los melancólicos. Un síntoma –otro– de que Don Augusto dejó todo atado y bien atado, alumno aventajado como era, del Generalísimo, que en paz descansen los dos.

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Una respuesta to “Santiago, 10: Las dos monedas”

  1. Este pasado mayo, he estado 15 días por Asturias, Galicia, Castilla y León…afortunadamente el Euro borró los bustos del Generalísimo, pero las águilas, los yugos y las flechas y las calles con reminiscencias golpistas siguen presentes por toda la geografía. No sé si en paz, pero que descansen y no vuelvan más. Ni Augustos ni discípulos ni maestros.

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