Santiago, 11: La falsa alarma

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Es como una especie de silbido. Pasas y, ¡fsssssssh!, suena. Esto es: «Yo, ser inanimado, máquina, propiedad privada, habiendo notado la cercanía, te digo a ti, ser finito y desorientado, azotado por el dolor de seguir vivo, carne, ente frágil y provisorio, posible ladrón, en fin, te digo: que las instancias en mí materializadas han percibido tu cuerpo y recomiendan –ahora de buenas maneras, después ya verás–, en fin, recomiendan que no te acerques más, que no robes, que no te salgas del camino. Las consecuencias serán terribles, te lo puedo garantizar, un círculo vicioso que empieza hoy y no acabará hasta que seas un despojo».

Eso si el que pasa junto al auto soy yo, o un ser análogo, como, por ejemplo, un vendedor de seguros. Si, en cambio, lo que pasa junto al auto con led al borde de un ataque de nervios es un camión, o un bus urbano; una camioneta de nuevo rico o los bomberos con sirena, pues la alarma reeditará su llanto homologado: pi-ru, pi-ru, pi-ru, pi-ru, y después: tiiiiiiiii-ru, tiiiiiiiii-ru, tiiiiiiiii-ru; y después uuuuuuuué, uuuuuuuué, uuuuuuuué, uuuuuuuué, aumentando el volumen a cada nuevo cambio de registro y sumándose a otras alarmas en un coro polifónico, hasta formar un comando de aguijones que te taladra los tímpanos y te hace olvidar de todo lo demás: la lista de la compra, la línea que acabas de leer, las razones para seguir resistiendo. Y, así, cada tarde, cada noche, cada día. Siempre, todo el tiempo. Infectada la ciudad de paranoicos que alarman hasta al perro.

Y como, se sabe, ya nadie presta atención a las alarmas, la única función del ruido constante que producen es anunciarnos que todo está bien, que no hay de qué preocuparse, que podemos seguir por nuestra vereda cuidándonos sólo de las cacas. Un remolino creciente de pitidos y sirenas nos rodea, pero nadie se gira, nadie se asusta: así que, esto es, parece, lo que se entiende por paz. A fin de cuentas, la única función de estas tecnologías contra los miedos digitados no es más que el ruido mismo: aumentar los decibeles y la polución acústica hasta que lo que nos asuste… sea el silencio.

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4 comentarios to “Santiago, 11: La falsa alarma”

  1. Me encanto.
    Con estilo porpio:)

  2. Me encanto.
    Con estilo propio:)

    PD: ya sabés de mi dislexia, je.

  3. Estoy convencida de eso: a los habitantes de las grandes ciudades les aterroriza el silencio.
    T.

  4. Realmante muy bueno.. y muy actual… es casi una foto de cualquier gran ciudad del mundo… eso en los puebkitos no pasa… y la alarma sería casi una novedad…

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