Una epifanía para el caos, 1: La caja de colores

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[Comienzo una nueva sección de Memorias, por así decirlo, porque es mucho más lo que he olvidado que lo que recuerdo. Lo que me queda,  es estos jirones.]

Uno de los eventos más importantes del año infantil era el comienzo de las clases y, para la ocasión, no había como que te compraran útiles nuevos. Un guardapolvo durito y bien blanco, una cartuchera de colores (y no una de ésas de jean viejo, con lamparones de bics reventadas) y, adentro, todo a estrenar: la goma Dos Banderas (limpia), el sacapuntas de metal (o la cuchillita con forma de tucán), los colores, el compás y el transportador de plástico transparente (al de lata se le doblaban las puntas). Las cartucheras modernas tenían cierre y se abrían como un libro: adentro había lugares específicos para cada cosa, delimitados por las costuras de una cinta-elástico que iba de un lado a otro. La Roxana Casanovas, cada año, al empezar las clases, llegaba con una caja de lata con cuarenta y ocho colores, Faber, nuevos. Yo nunca tuve una de esas cajas: a mí me compraban una de doce, puede que hasta de seis. Eran Faber, pero más baratos y más cortos. Mi mamá les cortaba un tajito en la parte de atrás y ponía: «BASSI», para que no se me perdieran. Para el resto de las cosas cortaba papelitos pequeños, les ponía «BASSI», y los pegaba con cintex a todo objeto inanimado que fuera a la escuela.

Los útiles escolares eran algo importante. Constituían el primer paso para entender dos conceptos clave para la vida adulta: las clases sociales y la envidia.

[Foto by la Rubia.]

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3 comentarios to “Una epifanía para el caos, 1: La caja de colores”

  1. Vamos a retroceder a mis tiempos. El guardapolvo igual, blanco y durito, creo que tableado. El portafolios de cuero. pantalones cortos, hasta los 12. Una foto en blanco y negro en el cumpleaños de los 12 con el primer largo. Todo un acontecimiento. Cartucheras de tela como un bolsita rectangular con cierre relámpago. Reglas de madera, de sacapuntas la cuchillita de afitar usada de papá. El cuaderno Rivadavia. De lo que nunca me olvido es del sanguche de queso que ponía mi vieja para el recreo, y de las tardes escuchando por la radio las aventuras de Tarzán, tomando el vaso de Toddy junto al pan con manteca y azúcar.
    armand.

  2. Me emocioné, tengo un especial recuerdo olfativo de esa época: mi maleta de cuero y dentro de ella una manzana mordida (casi siempre le deba el mordizco saliendo de casa), el olor: INOLVIDABLE.

  3. No me acuerdo haber tenido lápices de colores largos hasta el último año de primaria, cuando un día llegó mi papá con un regalo especial: una caja de lata con 12 colores Faber largos. Nunca volví a tener otra caja de colores.
    Tere

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