Una epifanía para el caos, 4: El miedo

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Al final, casi me desmayo por la aguja, sin verla, sólo con imaginarla. Y también por el olor a alcohol, y por los tintineos metálicos que produce el arsenal de tortura planificada de las enfermeras, y por ese sonido sordo del vacío del envase esterilizado rompiéndose: pluc. «Es que tienes las venas muy finitas. ¿Sabes si en el otro brazo las tienes mejor?» No sé, señora, no sabría decirle, no me dedico a esto. Yo me dedico a desmayarme y pasarlo mal. Porque, no sé si lo habrá notado, pero estoy a punto irme duro al suelo. «Cuidado que te pincho de nuevo» Sí, sí, pinche, pinche, que yo miro la mesita blanca esa de allá, hasta que ya no vea más nada y ahí usted me dice qué es lo que ha pasado, ¿qué le parece?

No puede ser: yo soy valiente. Esto viene de antes, de la señora del Citröen, con su cara siniestra, salpicada de manchitas, siempre en sombras, siempre de noche, y esa voz baja y quieta: «¿Cómo está? ¿Está mejor?». Mejor, sí, hasta hace dos minutos que escuché el Citröen y después el portazo (las puertas de los Citröen son así, a mi nona le pasaba igual) y las llaves sacudidas en el llavero y los pasitos con tacos y después el timbre y la voz baja y monocorde preguntando y mi mamá contestando que sí, que mejor, que un poco mejor. Y el rabillo del ojo sobre el maletín de cuero negro, el mismo siempre (no tendrá otro), el maletín raído en los ángulos y de ahí saliendo las lenguas del veneno: jeringas de vidrio y agujas y frasquitos con tapas de lata en las que había un pequeño círculo de goma, y bandejas de acero y termómetro y bajate un poquito el calzoncillo y un miedo como no hay dos y un tiempo alargado, lento, y la rabia de pensar por qué tiene que ser todo tan lento, con la nariz sepultada en la almohada, mientras un picor extraño baja por la pierna, o trepa por la espalda. «Ya casi, ya casi» Y después, habitado por un jugo espeso, que estira las venas, y no acaba jamás de disolverse, como una bola de acero hundida en la carne, que seguro ya no te dejará dormir. Y llorar, siempre llorar. Estar de verdad solo, y sentir la tristeza venir bajando como una plancha de acero, hasta que te aplasta la nuca contra el colchón.

Mi mamá dice que la señora del Citröen y su marido eran excelentes profesionales. Yo eso no lo sé. Sólo sé que el miedo se ha estirado hasta ayer, cuando casi me desmayo y tuve que pasarme el rato mirando una mesita blanca, llena de cajas con vendas y de no sé bien qué más, mientras la enfermera jugaba a encontrarme una vena que no fuera tan finita. «Al final no te has desmayado» La próxima, pruebe con un maletín negro. Pruebe y verá. Adeu, que pinche lindo.

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5 comentarios to “Una epifanía para el caos, 4: El miedo”

  1. Conseguite un psicólogo.

    :)

  2. Me encanta este relato… lo mas gracioso es que el recuerdo que tengo yo de esa señora y el marido, nada que ver, al contrario, me aprecía que casi no dolía cuando ellos me colocaban las inyecciones… y eso que a mi me tocaron varias feas… igual el texto es super descriptivo y vivencial… que pánico.. macho!!!!

  3. Muy bueno el relato Xavi. Me trae al recuerdo de las torturas a las que nos zoo…metían cuando éramos niños: la enema, los supositorios, el aceite de hígado de bacalao, la leche de magnesia Philips, las ventosas. Realmente si hemos sobrevivido a eso ha sido de puro milagro. Ya me considero un HEROE.

  4. Este me encantó también, el relato, los detalles, la situación. Para nosotros, los padres, era algo inevitable, que había que hacer por tu bien y consolarte un poco.

  5. Si hubiera sabido que te iba a traumar, junto con la enfermera habría contratado un psiquiatra!.
    Y sí, doy fe que vos te enfermabas tan seguido y tan fiero, que eras candidato perpetuo para la enfermera del Citroen.
    Seguramente el D., que estaba siempre sano, no llegó a conocerla. Suerte que tienen algunos.

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