Las caretas

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Sentado en el inodoro y con el calzoncillo de rombos abrazado a los tobillos, el señor Álvarez no pudo escapar a la sensación de cada mañana a las seis y veinte: en ningún momento del día se sentía más indigno. «Un rato más tarde», pensó, «con el traje puesto, será otra cosa». Trató de distraerse y acomodó la vista en el zócalo cuando, sin darse casi cuenta, empezó a cantar: «Alguien me ha dicho, que la soledad se esconde tras tus ojos, y que tu blusa atora sentimientos…». Y acomodando la boca para un sonido cavernoso que reverberara entre los azulejos: «… que respiras…». Se sintió complacido y calló, atendiendo a cómo la s no se apagaba del todo y permanecía flotando en ondas, que se expandían y se escapaban por debajo de la rendija de la puerta, acompañando las serpentinas de vapor que planeaban desde la ducha. Luego retomó la letra, mientras pensaba por qué será que uno empieza cantando una canción por la mañana, aún antes de estar del todo despierto, y ya no para en todo el día. ¿La habrá soñado? ¿La habrá escuchado dormido? La posibilidad de que un desconocido le acercara una radio vieja al oído mientras dormía lo perturbó y pensó que quizás hubiera alguien en la casa en ese mismo momento.

Durante un segundo se mantuvo abstraído en la imagen de un hombre alto y encorvado, hurgando en el cajón de los cuchillos, cuando escuchó claramente: «Claro que sí, claro que vine por ti….». Y después, la voz emuló su dramatismo con reverb entre azulejos: «Y si no estás, no será igual…». Sin moverse del inodoro, giró su cabeza hacia el origen del sonido: una pequeña rejilla de respiración, mal disimulada entre el techo y el espejo.

«Dulce es el camino, el camino hacia vos…», continuó la rejilla, y el señor Álvarez se imaginó transformado en un gusano blanco que se metía por la rendija, escalaba los tres metros de caño húmedo hasta el siguiente baño y espiaba a Sofía que, envuelta en una toalla, cantaba empuñando el rimel. La vio quitar con la palma de la mano el vapor condensado en el vidrio y se sorprendió al escucharla cambiar de canción. «No todo el mundo es como yo», pensó. Una desazón neblinosa venía agazapada detrás de esa idea y pensó que quizás nadie lo ayudaría a salir del caño de respiración. Sofía, curiosamente, parecía ajena a sus pensamientos y cantaba con la nariz casi tocando el espejo: «Prendido… a tu botella vacía, esa que antes… siempre tuvo gusto a nada».

Otra vez en su inodoro —que tras su excursión por el caño ya no le repelía tanto— y pasados algunos segundos de silencio, decidió seguir la sugerencia de Sofía y cambió de canción. Con el calzoncillo adornándole las caderas y parado sobre la toallita, se puso la mano derecha en el pecho y con los ojos cerrados, mandó a la rejilla: «Y el pasado no lo entiendo, ¿dónde está? ¿Escondido en fotos viejas? ¿Dónde está? En el pasado todo tiempo dura igual, un mal segundo es una década normal…». Y, arrastrado a una intensidad que le pareció ajena, el señor Álvarez se hinchó, casi gritando: «Y ya me dicen estás loco, el futuro va a llegar… pero no llega más».

Sofía, un piso más arriba, escuchó ahora claramente y decidió retribuir con un bolero de dramatismo maximalista, antes de salir para cambiarse y ponerse el vestidito de raya diplomática: «Pude ser feliz… y estoy en vida muriendo… y entre lágrimas viviendo… el pasaje mas horrendo… de este drama sin final…». Salió del baño sonriendo: le gustaba esa forma que tenía de terminar las frases, como si las palabras no quisieran irse de su boca. Antes de vestirse, puso el agua al fuego: iba tres minutos tarde.

A las siete en punto, el señor Álvarez le dio al botón del ascensor y se dispuso a adivinar cuál llegaría primero. Sonó la campanita y se abrió la puerta del medio, la de la izquierda permaneció cerrada, como una burla. Avanzó y la puerta, que ya se cerraba, dio un respingo y volvió a abrirse. Extendió el dedo para darle al botón de la planta baja, pero ya estaba apretado, sólo en ese momento musitó: «Buen día». Sofía le contestó desde el fondo del ascensor, casi por cumplir: «Buen día».

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4 comentarios to “Las caretas”

  1. ¡Muy bonit!

  2. El anonimato nos deshinibe, somos capaces de decir o hacer cosas que no diríamos o haríamos poniendo la cara…Linda historia. Este señor es un solterón de unos 50 años, no? Y Sofía…Sofía tiene 22 gloriosos abriles, verdad?

  3. Puf, me encanto! Me gusto mucho la forma de narrarlo y algunos detalles interesantes, como “después, la voz emuló su dramatismo con reverb entre azulejos”.

    Buenisimo!

  4. Me gustó mucho tu forma de contarlo, buenísimo !!

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