Santiago, 24: Ésta es la gente que queremos

En el documental «Estadio Nacional» un ex prisionero relata una instantánea de sus días enjaulado: se hace de noche y hay que acomodarse para dormir, en los baños del estadio hay poco espacio y muchos hombres. En un momento, uno de ellos ve un claro entre los cuerpos y se dirige a él para recostarse. Otro hombre lo golpea en el estómago y le dice: «Ahí voy yo.» El prisionero, 30 años después, recuerda y se amarga: «Ahí supe que nos habían quebrado. Nos habían convertido en animales.»

[Las condiciones que se imponen son un mensaje: contienen la imagen que el mandamás tiene de su víctima. En el Estadio Nacional, en los días posteriores al golpe de estado, el mensaje era claro: «Ustedes no valen nada, no poseen dignidad alguna, son menos que humanos, y así los trataremos.»]

Metro de Santiago, orgullo nacional, hora punta: en el andén, se amontona mucha más gente de la que puede caber en los vagones que se acercan. Llega el tren y la masa se divide en pequeños grupos que pugnan por quedar bien posicionados ante las puertas que aún se mueven. Los que vienen tratan de salir y se enojan porque casi son arrastrados otra vez dentro por los que ansían un asiento. El espacio se llena atropelladamente. Suena el aviso de cierre de puertas y los que no quieren otro minuto en el andén empujan sin mirar a quién. Los empujados se ofenden y las miradas se hacen lacerantes. Un segundo antes de la campana, siempre hay alguno que decide que donde caben 100 caben 101 y, sin pedir disculpas ni permiso, le exige a la materia un esfuerzo más. Las puertas se cierran y a 40 grados hasta la próxima estación. (Lo bueno es que no hace falta agarrarse: no hay inercia.) En cada metro cuadrado de espacio personal van cuatro o cinco invasores, el aire viciado y húmedo se relaja un poco con el tren en movimiento: olas frescas recorren las cabezas de los que tienen la fortuna de medir más de 1.70. Los demás, ruegan que el tiempo pase. Abundan las malas caras, los reproches contenidos. Escasean las disculpas y el altruismo. Más bien, toda la intolerable escena se sobrelleva con ese estoicismo tan propio de la desesperanza latinoamericana. Se abren las puertas y a tratar de salir: vaya sorpresa, el empujón se sigue mostrando como el mejor método. Pues, empujemos.

Visto de fuera, es un espectáculo de animalidad, de primitivismo, el sálvese quien pueda, el rebrote de los reflejos atávicos que algunos consideran la Naturaleza Humana. Así visto, es tentador echar las culpas a quienes son en realidad las víctimas: ¡No me empujes, imbécil! Pero no, hay que mirar más arriba: aparentemente, esta es la voluntad de quienes cortan el bacalao en el Metro de Santiago: ésta es el comportamiento que quieren porque éste es el comportamiento que promueven. Y éste es el mensaje (no vociferado, no escrito): «Ésta es la dignidad de la que te juzgamos merecedor, viaja como puedas, arréglatelas, usa los codos, empuja, olvídate de los demás: llega a destino, no importa cómo.»

Claro, no es esto lo que dicen los carteles de la corrección política. Los carteles hablan de respeto a los mayores, de preocupación por los demás, de orden, de derechos. ¿La realidad? Bueno, ya se sabe que la realidad es otra cosa. (Es triste reconocer que podemos ser animalizados a placer, que nos habita la bajeza del yo primero; pero peor es desayunarse con que hay quien está dispuesto a hacer el experimento.)

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2 comentarios to “Santiago, 24: Ésta es la gente que queremos”

  1. Creo que en Bs. As. es igual, es la ley de la selva. Sería mejor que pongan más coches, pero seguramente la avaricia de la ecuación económica no los deja.

  2. en el “subte” (no metro) de buenos aires, me pasò un dìa que salì del tùnel a las puteadas con una vieja, y me sentì porteña.
    la señora en cuestiòn se enojò xq con una frenada la empujè, sin querer, porque no iba agarrada a nada. es que si te quedas frente a una puerta, sonaste, no tenès de dònde agarrarte, y la señora, que sì tenìa su pedazo de baranda en la mano, la muy caradura se enojò por mi indeseado empujòn, y eso que nisiquiera la pisè. asì son los que viajan, unos desgraciados, en eso nos transformamos

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