Santiago, 39: La Chile

Me encanta ir a «la Chile». Quiltros de familia extendida acurrucan la siesta en la sombra, o siguen a algún profe que promete bocado. Los guardias de seguridad y el personal del comedor alimentan a esos quiltros y los llaman por su nombre: «Al Bonzo no le gusta el arroz, por eso le damos esto» (sic). Los bancos de los jardines, crónicamente ocupados por barbudos que no parecen hacer más que estar sentados, quizás resolviendo los enigmas de la vida, gratis: en «la Chile» lo que pasa fuera de las aulas importa tanto como lo que pasa adentro. Al recorrer los pasillos, o parar la oreja en las salas, no se escuchan más que conversaciones inútiles, acerca de temas abstrusos, intangibles, vacunados de la lógica utilitarista que campa en todos lados. Hay alumnos… Perdón, rectifico: hay alumnxs,  lo he visto, que hacen cosas como ésta: «Disculpe, profesor, pero no estoy de acuerdo.» (Sí, sí: increíble.) Se podría escribir un manual de Ciencias Sociales con sólo tomarse el trabajo de apuntar todo lo que dice en la parte trasera de las puertas de los baños (como poco, te puedes ahorrar tener que leer Das Kapital). En el ascensor, donde dice: «Capacidad: 9 personas, 630 kilos», un alma sensata ha agregado: «9 personas…. flacas». (Gracias.) En «la Chile», todo es lento, mastodóntico y estatal (dios nos libre), farragoso, ritualista. Humano.

«La Chile» es un refugio, que no tardará en caer, como cae todo lo que va a contramano de los tiempos. Disfrútala mientras esté.

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