Santiago, 41: La transversalidad y otros cuentos

La Piojera es lo que Chile podría ser, lo que Chile debería ser. Podría ser, con mucha suerte y viento a favor; debería ser, aunque no está ni remotamente cerca.

Preside las acciones un reloj de plástico, con un logo de 7Up convertido en retro por obra y gracia del paso del tiempo (y no de los diseñadores). El minutero da vueltas, pero la aguja pequeña está porfiada entre el 6 y el 7. Son las 6 y 10, las 6 y 32, luego un cuarto para las 7, las 6 y 59… y las 6 otra vez. La metáfora no es mala: en La piojera siempre pasa más o menos lo mismo, afortunadamente.

Sobre la misma pared, una placa de cobre opaco: «Por los servicios prestados a la República, se declara a La Piojera monumento de los sentimientos de la Nación. Santiago de Chile. Primavera 2003.» ¡«Monumento de los sentimientos de la Nación»!, no es poco cosa: distinción otorgada por no se sabe bien quién, pero absolutamente merecida: los «servicios prestados a la República» por La Piojera son muchos y todos impagables.

La Piojera es refugio destinado a la vida disipada y a la relajación moral. Sobre el suelo de cemento se mezclan borrachos crónicos, estudiantes en espantada, viejas glorias de la canción, mariachis en descanso y turistas traídos por las guías («lugar genuino» que deja de serlo… en virtud de ser rotulado como tal). Pero sobre todo, La Piojera es uno de los pocos lugares transversales de Santiago, quizás de Chile: las probabilidades de encontrarse con alguien ajeno a nuestra casta, a nuestro pequeño circuito de rutinas y verdades, es bastante alta. (A mucha gente esto le da miedo.) Es esa cualidad, cuyo efecto es la subversión del orden y la recuperación de lo público, lo que convierte a La Piojera en un lugar extraordinario, único, fascinante… estando, como está, en este país estratificado hasta el absurdo (y lo obsceno). Conviven en La Piojera «el prohombre y el gusano», como cantara Serrat, que «bailan y se dan la mano, sin importarles la facha», y salen, al grito de «¿Somos o no somos?», camino de la botillería, para alargar la ilusión, que es lo mismo que seguir negando y seguir huyendo.

«Salen», digo, a la ciudad, a la calle, que sigue como estaba: cada uno en su lugar, con los suyos, con sus iguales: una ciudad y un país, inmunes a esa pequeña revolución sin consecuencias que se llama La Piojera.

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Una respuesta to “Santiago, 41: La transversalidad y otros cuentos”

  1. Creo que no conozca la piojera, me gustaría conocerla.

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