Santiago, 46: ¿Quién va a cambiar el mundo?

Hoy no me puse las hombreras. Ni salí con el pelo escultórico, ingrávido de gel. Ni con el walkman. Para colmo, me olvidé de avisarle a mí mamá que me tomara los mensajes si me llaman por teléfono. Me vine sin la chaqueta flúo, sin las muñequeras. Y lo más grave: sin el reloj calculadora.

Da igual: en Santiago, siempre son los 80, los 90 con suerte. De gira han andado: Iron Maiden, Rush, Rage against the machine, Scorpions, Anthrax, Pablito Ruiz (no es broma), Guns n’ Roses, Slayer, Paul McCartney, INXS (y con Hutchence, ¿cómo hacemos?)… ¡Madre mía! Ataque retro. Andar por las calles es un flashback. Sólo faltan las micros amarillas y ya estamos completos.

¿Qué le pasó a este país? De adolescente, yo venía desde Mendoza sólo para comprar caséts, más tarde discos. Chile era uno de los pocos lugares donde se podía escuchar Primus en la radio a las seis de la tarde, o donde uno con el pelo verde te atendía en una tienda de música. Respecto de Argentina, estaba diez años más avanzado, y la paleta de sonidos era amplísima: del death metal al jazz, del funk al heavy pelilargo, del grunge al punk. Todo se escuchaba, todo se circulaba. ¡Y en convivencia!…  Que era lo más raro, dicho sea de paso, dada la marcada tendencia de las tribus musicales a la intolerancia y al integrismo estético (y a agarrarse a sopapos por las diferencias, claro).

Veinte años después, y la postal es la misma: es como si Chile se hubiera bajado del carro musical, como si se hubiera refugiado en la vieja gloria de haber sido moderno, cuando nadie lo era. Pero, claro, ser moderno no es un atributo, es un estado, y el que no se sube al tren, se queda sacudiendo los cuatro pelos que le quedan en la cabeza y haciendo air guitar sentado en un banco de plaza… sólo que ahora conectado a un iPod, como para no hacer el ridículo del todo. Vaya consuelo.

[Actualización: si un púber de 15 años se pasea entubado en negro, bamboleando la melena al ritmo de una canción escrita hace un cuarto de siglo, vamos mal. Si no abraza la última tendencia y horroriza a sus padres, vamos mal. Si no es repudiado y mal visto, vamos peor. Nosotros, los viejos, vaya y pase: somos el pasado y vivimos de recuerdos. La nostalgia es nuestro espacio mental posible. Pero, ¿y los jóvenes? Mal asunto si miran hacia atrás. En este sentido, músicas muy del siglo en curso, como el indie pop-rock o la electrónica tienen, en buena medida, una presencia testimonial en el país: son casi underground. Si la juventud se vuelve retro y conservadora, ¿quién va a cambiar el mundo?]

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Una respuesta to “Santiago, 46: ¿Quién va a cambiar el mundo?”

  1. Muy buena. La verdad, “siguen Prisioneros de unos Enanos Verdes que obedecen a un tiranuelo pseudo electro-poeta que conectado a una máquina manda a sus hordas a seguir viviendo entre 1980 y 1999. Y para peor, porteño, cheto y argentino, “. Las dictaduras “cheto-populistas” quieren seguir dominando la escena mental latina. A TOMÁRSELO con Soda . Saludos man, cuando vengas: A BEBER.

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