Santiago, 51: Alergia a los pobres

Somos advertidos, cada año, cada 18: «No vayan al Parque O’Higgins.» Y, después, la filípica: «Es peligroso.» Nosotros, que nos tomamos el llevar la contraria con disciplina espartana, ignoramos la advertencia y vamos igual. Y vamos igual porque, tras pasar por cuanta fonda, quiosco, enramada, quincho y asado nos ha quedado a tiro, sabemos esto: el Parque O’Higgins es la experiencia más intensa que se puede vivir en Fiestas Patrias. Así de simple. (Es donde iría Hemingway, si viviera, lo cual debería bastar.)

Pues bien, ¿qué pasa en el Parque O’Higgins? Pasa que hay gente intentando abortar el vuelo del volantín ajeno con cordeles envenenados de vidrio y pasa que hay cardúmenes de niños corriendo tras los volantines en desgracia. Pasa que hay anticuchos a luca y a dos lucas y a tres. También hay a 500, y yo desaconsejo su ingesta. Pasa que hay choripanes, un sol que lastima al turista y terremotos con chicha, o sin, o con fernet. Pasa que hay borrachos tirados en el suelo, abrazados a un bolso viejo. También hay un baterista. Y polvo en el aire. Mucho polvo, mezclado con humo de carne asada. Hay un puesto de mariscales, con hartito limón y sal, en compoteras de greda, y pasa que son los mejores del mundo: el primer año los comimos con temor de intoxicado, el segundo con tranquilidad vacuna y el tercero bordeando el exceso. Hay bosta de caballo, predicadores y reguetón de parlante saturado. Hay cueca, que es el baile más hermoso que se ha inventado: los que la bailan bien, y da gusto, y los que la caradurean, y da gusto también. Pasa que se vende cuanta cosa los chinos han tenido la creatividad de inventar y la delicadeza de mandarnos: la foca loca, las bolas con luces dentro, las espadas doradas, los posters de ponis. ¿Y? Bueno, sí, no se puede andar con la billetera al aire, ni con la mochila abierta en la espalda y un lingote adentro… exactamente igual que tampoco se puede en París, en Barcelona ni en Berlín.

¿Y entonces? ¿Cuál es el problema? ¿Cuál es el peligro? Que hay pobres. Ése es el problema. Está lleno de pobres. Por todos lados. Para donde uno mira, ¡pum!, pobres. Y soy de creer que, tras el discurso de la peligrosidad, lo que hay, lo que de verdad hay es alergia a los pobres. A sus dientes faltantes, a esa piel tan poco Nivea, a sus parlantes saturados de reguetón. A sus ch que suenan a sh. Y, claro, a esa forma de vivir, tan de ellos: ¿es que no pueden vestirse de otra forma?, ¿es que no pueden escuchar otra música? Esa forma que no es la que debe ser y, sobre todo, no es la que queremos para Chile. Y, encima: ¡la exhiben! Maldita manía. Y, claro, hay quien no se siente cómodo con tanto pobre al aire, ¡sueltos!, ocupando el parque, durmiendo la mona en el césped, usando el baño antes que uno. Pero, aclaremos: esa incomodidad no es el «peligro»… es alergia al Chile real.

Porque este parque, así como está hoy, es el Chile real. Y hay quien preferiría no tener que verlo o, si se puede pedir, ¡mejor aún!, preferiría que no existiera. Esos quienes se sentirían más a gusto en un Chile de camareros rubios, como en las fondas de Las Condes, o de anticuchos serios y civilizados, con los pedazos de carne todos iguales, como en el Inés de Suárez. La balsámica seguridad de los iguales. La asepsia de la clase de pertenencia. Un Chile «europeo», ad portas de realizar ese mito colectivo de ser país desarrollado. Para esos quienes, este Chile de vergüenza, indigno, impresentable, debe ser negado y, sobre todo, temido: «No vayan al Parque O’Higgins. Es peligroso.» Yo los escucho, como quien oye llover, les llevo la contraria espartanamente y pienso que se les olvida agregar: «Es peligroso… porque está lleno de las chilenas y chilenos que, con tanto esfuerzo y trabajo, mantenemos fuera de la vista todo el año. Gentes que son la evidencia de que el Chile que creemos que somos… no existe. En definitiva, los chilenos y chilenas cuya sola existencia es la negación de nuestros delirios de grandeza.»

Y ahí sí ya pienso que he escuchado todo lo que importa… y me tomo el tercer terremoto: «¿Con fernet?» «Sí, sí, con fernet.»

Anuncios

5 comentarios to “Santiago, 51: Alergia a los pobres”

  1. Me gustó mucho xaviolo.

  2. Muy bueno tu artículo, porque lo viví junto a vos y lo ví parir de tu cabeza y tu compu. P.

  3. :) , grande Xavi, abrazo y por más terremotos!

  4. Mencantome. Me acuerdo cdo hablabamos de esto en BCN y su Raval.

    Con la Maqui quedamos flipados la vez que vimos, en la feria de Tongoy, niñxs, pobres, que se ofrecían con una engarilla a llevarle las bolsas de las compras a las señorxs decentes. Iban al lado del que los contrtaba por… monedas, y cargando la engarilla con las bolsas de las compras. Y nos terminó de saltar las chaveta cdo vino cómo uno de estos niños llevaba en la engarilla a otro niño! Los hijos de lxs viejxs de mierda que iban haciendo compras!

    Tremenda disociación mental…

  5. Espectacular !!! soy testigo de todo esto que describís magníficamente bien… prometo ir al parque Ohiggins cada 18 que me encuentre en Chile !!!!
    Felicitaciones…. cada día escribís mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: